Cuando yo
tenía ocho años, mi padre decidió enseñarme a andar en bicicleta. Era el verano
de 1999, por la mañana. Todos nos subimos a la camioneta y nos dirigimos hacia el
parque de los Dinamos. Tomamos la carretera, y más tarde llegamos a tan
esperado lugar. Allí se respiraba una tranquilidad enorme y emoción me invadía
todo el cuerpo.
Era la primera vez, que correría en bicicleta
y eso me emocionaba bastante, porque estaría ahí mi padre para ayudarme. Toda
la velocidad estaba en mis pies y el viento me encerraba en una tormenta de frío y una adrenalina inexplicable. Los sonidos de
las ramas crujientes marcaban el pulso
del tiempo que se desvanecía lentamente.
En ese
momento solo existíamos mi padre, yo y toda la belleza del mundo que nos
rodeaba. Era como una gigantesca masa de sonido atonal, de sonido primigenio
que se desataba y retumbaba como macizos en piedra dura. Todo era brusco, todo
era adverso. Una solemnidad implacable y yo seguía mi camino. El terror, el
sudor me invadían como si fuera el primer ser humano en presentir al mundo.
Todo se soltaba: mis rodillas, mis ojos, mis brazos. Ya nada podría pararme y
sin embargo seguía luchando contra todo. No veía infinitos ni eternidades.
Sentía que mi cuerpo no cabía, que lo absorbían
las raíces que se metían entre los poros de esas hojas gigantescas. Como
si de pronto me hubiera devorado toda esa naturaleza.
Me sentía
mareada no entendía más, que seguir recorriendo el parque sobre esas dos ruedas,
que me sostenían en ese camino largo y estrecho que no tenía fin. Mi camino
continuaba y de pronto me sumergí en una
enorme grieta. Todo fue tan deprisa que no me dio tiempo de reaccionar. Todo se
convirtió en negro y al mismo tiempo se escuchaba como una orquesta de sonidos
graves que vibraban y agudos que desconcertaban. Como un piano, cuyas notas se
esfumaban combinándose con sonidos de todo el entorno: aves, grillos, automóviles,
motos y sobre todo gente que, sorprendida, miraba el suceso, lagrimas rodaban
sobre mis mejillas y una pesadez invadía todo mi cuerpo.
De pronto:
mi padre corrió a ayudarme junto con toda mi familia. Era el primer viaje juntos,
y un accidente lo había arruinado todo. A pesar de las circunstancias, lo mejor
había sido que siempre estuvo conmigo y
me sentía tan protegida por él.