domingo, 26 de mayo de 2013

MI PRIMER VIAJE SOBRE RUEDAS




Cuando yo tenía ocho años, mi padre decidió enseñarme a andar en bicicleta. Era el verano de 1999, por la mañana. Todos nos subimos a la camioneta y nos dirigimos hacia el parque de los Dinamos. Tomamos la carretera, y más tarde llegamos a tan esperado lugar. Allí se respiraba una tranquilidad enorme y emoción me invadía todo el cuerpo.
 Era la primera vez, que correría en bicicleta y eso me emocionaba bastante, porque estaría ahí mi padre para ayudarme. Toda la velocidad estaba en mis pies y el viento me encerraba en una tormenta de frío  y una adrenalina inexplicable. Los sonidos de las ramas  crujientes marcaban el pulso del tiempo que se desvanecía lentamente.
En ese momento solo existíamos mi padre, yo y toda la belleza del mundo que nos rodeaba. Era como una gigantesca masa de sonido atonal, de sonido primigenio que se desataba y retumbaba como macizos en piedra dura. Todo era brusco, todo era adverso. Una solemnidad implacable y yo seguía mi camino. El terror, el sudor me invadían como si fuera el primer ser humano en presentir al mundo. Todo se soltaba: mis rodillas, mis ojos, mis brazos. Ya nada podría pararme y sin embargo seguía luchando contra todo. No veía infinitos ni eternidades. Sentía que mi cuerpo no cabía, que lo absorbían  las raíces que se metían entre los poros de esas hojas gigantescas. Como si de pronto me hubiera devorado toda esa naturaleza.
Me sentía mareada  no entendía más, que seguir  recorriendo el parque sobre esas dos ruedas, que me sostenían en ese camino largo y estrecho que no tenía fin. Mi camino continuaba y de pronto me sumergí en  una enorme grieta. Todo fue tan deprisa que no me dio tiempo de reaccionar. Todo se convirtió en negro y al mismo tiempo se escuchaba como una orquesta de sonidos graves que vibraban y agudos que desconcertaban. Como un piano, cuyas notas se esfumaban combinándose con sonidos de todo el entorno: aves, grillos, automóviles, motos y sobre todo gente que, sorprendida, miraba el suceso, lagrimas rodaban sobre mis mejillas y una pesadez invadía todo mi cuerpo.
De pronto: mi padre corrió a ayudarme junto con toda mi familia. Era el primer viaje juntos, y un accidente lo había arruinado todo. A pesar de las circunstancias, lo mejor había sido que siempre estuvo  conmigo y me sentía tan protegida por él.

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