Era octubre del 2003, por la madrugada.
Aproximadamente yo tenía 12 años. Cuando de repente sonó el teléfono y aún
medio dormida recibí la llamada que
cambiaría totalmente mi vida.
Al contestar escuché a mi
tía Rosa, hermana de mi madre y me pedía comunicarla inmediatamente con ella.
Por su tonó de voz, presentía que se
trataba de algo grave. Durante esos minutos el tiempo transcurría lentamente y
se respiraba un ambiente de melancolía. Yo trataba de no pensar en nada malo,
pero eso era imposible, ya que mi mente me traicionaba.
Después de haber hablado
durante varios minutos, mi madre soltó la bocina del teléfono dejándola caer al
suelo. Empezó a llorar de manera inconsolable, mi padre trataba de calmarla,
pero no lo lograba. Una hora después, ya tranquila, pudo darnos la
noticia. La cual sería la peor de nuestra vida. Mi abuela había muerto,
debido a un paro cardiaco que acabó con su vida.
Al enterarme Salí corriendo
sin parar, como si así pudiera gastar el dolor que llevaba por dentro. Como si
con cada paso, dejara atrás un poco de ese peso que no me dejaba respirar y que
me atacaba lentamente. No sabía a donde ir, solo sabía que no podía detenerme,
pues en el momento que lo hiciera recuperaría la conciencia de mi dolor al
saber que mi abuela ya no estaría más conmigo.
Miraba al cielo esperando
ver una señal de dios que me dijera, que no era verdad y que mi abuela seguiría a mi lado como
siempre. Quería encontrar algo que me hiciera perder la conciencia y que me
aislara de esa realidad. Que me estaba matando poco a poco.
Al regresar a la casa de mi
tía Rosa. Ya había un ataúd.
Al acercarme ahí, vi a mi abuela, tenía un rostro tranquilidad y de paz. No pude contener el llanto, al recordar todos los
momentos que compartí con ella.
Mi dolor era inmenso, me sentía desahuciada, aislada de todo y de todos. Mis sentidos no hallaban respuestas a las preguntas insondables de mi corazón. Era una tristeza inmensa y un hueco inexplicable en mi alma. No recuerdo haber dormido ese día, ni meses después ya que no era nada fácil asimilar lo que estaba sucediendo.
Mi dolor era inmenso, me sentía desahuciada, aislada de todo y de todos. Mis sentidos no hallaban respuestas a las preguntas insondables de mi corazón. Era una tristeza inmensa y un hueco inexplicable en mi alma. No recuerdo haber dormido ese día, ni meses después ya que no era nada fácil asimilar lo que estaba sucediendo.
Me costó mucho tiempo después
aprender a entender que todos en esta vida tenemos un ciclo de vida, que tarde
o temprano tiene un fin y que debemos
aprender asimilarlo de la mejor manera. Aunque partieran sin un adiós.

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