domingo, 2 de junio de 2013

SIN UN ADIOS




Era  octubre del 2003, por la madrugada. Aproximadamente yo tenía 12 años. Cuando de repente sonó el teléfono y aún medio dormida recibí  la llamada que cambiaría totalmente mi vida. 
  
Al contestar escuché a mi tía Rosa, hermana de mi madre y me pedía comunicarla inmediatamente con ella. Por su tonó de voz, presentía que  se trataba de algo grave. Durante esos minutos el tiempo transcurría lentamente y se respiraba un ambiente de melancolía. Yo trataba de no pensar en nada malo, pero eso era imposible, ya que mi mente me traicionaba.

Después de haber hablado durante varios minutos, mi madre soltó la bocina del teléfono dejándola caer al suelo. Empezó a llorar de manera inconsolable, mi padre trataba de calmarla, pero no lo lograba. Una hora después, ya tranquila, pudo darnos la noticia. La cual sería la peor de nuestra vida. Mi abuela había muerto, debido a un paro cardiaco que acabó con su vida.
Al enterarme Salí corriendo sin parar, como si así pudiera gastar el dolor que llevaba por dentro. Como si con cada paso, dejara atrás un poco de ese peso que no me dejaba respirar y que me atacaba lentamente. No sabía a donde ir, solo sabía que no podía detenerme, pues en el momento que lo hiciera recuperaría la conciencia de mi dolor al saber que mi abuela ya no estaría más conmigo.
Miraba al cielo esperando ver una señal de dios que me dijera, que no era verdad  y que mi abuela seguiría a mi lado como siempre. Quería encontrar algo que me hiciera perder la conciencia y que me aislara de esa realidad. Que me estaba matando poco a poco. 
Al regresar a la casa de mi tía Rosa. Ya  había un ataúd. Al acercarme ahí, vi a mi abuela, tenía un rostro tranquilidad y de paz. No  pude contener el llanto, al recordar todos los momentos que compartí con ella. 

Mi dolor era inmenso, me sentía desahuciada, aislada de todo y de todos. Mis sentidos no hallaban respuestas a las preguntas insondables de mi corazón. Era una tristeza inmensa y un hueco inexplicable en mi alma. No recuerdo haber dormido ese día, ni meses después ya que no era nada fácil asimilar lo que estaba sucediendo. 
Me costó mucho tiempo después aprender a entender que todos en esta vida tenemos un ciclo de vida, que tarde o temprano tiene un fin y que debemos aprender asimilarlo de la mejor manera. Aunque partieran sin un adiós.



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